Orgullo

Durante las celebraciones jubilares del año 2000 se celebró --también en Roma--el Worldpride, el mismo evento que está teniendo lugar estos días en Madrid, auspiciado en sus orígenes por el PP y secundado, en sus frutos, por Podemos.

El 9 de julio de 2000, acabadas ya las "procesiones" del culto LGTB, Juan Pablo II --al que no le tembló el pulso para combatir el comunismo cuando el comunismo era una moda, ni para combatir el divorcio, cuando el divorcio era una bandera de libertades-- clamó en la plaza de San Pedro:

"creo que es necesario aludir a las conocidas manifestaciones que han tenido lugar en Roma durante los días pasados.
En nombre de la Iglesia de Roma no puedo por menos de expresar mi amargura por la afrenta hecha al gran jubileo del año 2000 y por la ofensa a los valores cristianos de una ciudad tan querida para el corazón de los católicos de todo el mundo.La Iglesia no puede callar la verdad, porque faltaría a su fidelidad a Dios Creador y no ayudaría a discernir lo que está bien de lo que está mal.A este propósito, quisiera limitarme a leer lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica, que, después de afirmar que los actos homosexuales son contrarios a la ley natural, prosigue así: "Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición" (n. 2358)."


¿Escucharemos de alguna voz eclesial implicada, alguna palabra profética recordándonos la verdad, aunque sea, simplemente, citando a Juan Pablo II (como suelen hacer tantos cobardes, aunque más vale eso que nada)?

¿Volveremos a contemplar cómo los padres y demás laicos combaten por la verdad en solitario en las asociaciones escolares y en los lugares de trabajo, mientras los príncipes de la Iglesia se dedican a bruñir con esmero sus anillos esponsales al mantra de "qué mal está el mundo"?

¿Volveremos a sentir los católicos españoles el orgullo de pertenecer a una Iglesia que está segura de sí misma y del evangelio que custodia, hasta el punto de no temer la pérdida de prebendas, ni la persecución, ni la muerte social?