Nazaret

En medio de toda la catástrofe que estamos viviendo, no paro de dar vueltas a un pensamiento: ¡Qué irrelevante le parece la Iglesia (y la fe) a nuestra sociedad!.
Es verdad que hemos cerrado los templos para evitar contagios. Pero, cuando no había peligro...¡qué vacíos estaban también!
Ni el miedo los ha llenado.
La Iglesia permanece muda ante esta epidemia, una epidemia cuya solución buscamos en la ciencia, y no en la oración.
No nos preguntan nada. No nos piden nada. Parece que no tenemos nada que decir.
Tiempo de irrelevancia. De pequeñez.
En medio de esta kénosis, de esta reducción a la nada, pienso en Nazaret. Y en todos aquellos años que Jesús pasó allí, trabajando y callando. Rezando. Pareciendo irrelevante e innecesario a sus paisanos.
Hemos vuelto a Nazaret, a ese tiempo largo en que Jesús creció en estatura y gracia mientras pasaba por uno de tantos. El tiempo de su silencio.
"Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oídos a las buenas inspiraciones y palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de la preparación, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la oración que Dios sólo ve secretamente. (Pablo VI)"